martes, 18 de julio de 2017

LA ESTRELLA




     Arrastro los pies por el césped mojado. No tengo muy claro hacia dónde voy, pero qué más da, tampoco me importa. La lluvia que hace rato me empapó la sudadera sigue cayendo sobre mí mojándome el pelo, resbalando por la descuidada barba que cubre mi cara. No me preocupa. Nada me preocupa ya. El olor a hierba mojada que en otro tiempo me llenaba de vida, tan solo me produce arcadas. Piso los charcos y los dejo atrás. No los esquivo, tan solo los ignoro. Lejos quedaron aquellos paseos nocturnos cogidos de la mano. Las noches en que sus ojos iluminaban la tormenta y su risa se escuchaba por encima de los truenos. Ya no habrá más saltos en los enormes charcos de Central Park ni más carreras para alcanzarla y robarle un beso en los días de luna llena. Ya no está.

     Entro en el edificio de apartamentos con la cabeza baja y me dirijo al ascensor sin contestar al saludo del conserje. Pulso el botón del ático. Gotas de lluvia que caen de mil partes de mi cuerpo mojan el suelo del elevador mientras a mi boca sigue llegando un sabor salado, amargo, mezcla de culpabilidad, arrepentimiento y lágrimas descontroladas que no dejan de brotar de lo más profundo de mi alma.

     Abro la puerta. Dispersos por el salón se pueden ver los bocetos que hace prácticamente un mes están preparados para la reunión de mañana. No tiene sentido. Mi futuro en la publicidad depende de esa reunión, ¿pero para qué? Desde que ella no está el futuro no tiene sentido. El presente no tiene sentido. La vida…

     Recuerdo perfectamente el momento en que se fue. Después de estar toda la noche juntos discutimos por un día de vacaciones. Algo tan banal como pasar un día de vacaciones en casa de sus padres. Recuerdo perfectamente el portazo al salir. Tenía que haberlo evitado. Estaba cansada y demasiado nerviosa para conducir. Tenía que haberle abrazado y reorganizar las vacaciones, pero no lo hice. El accidente fue culpa mía.

     Sobre la mesa de la terraza siguen estando la botella de bourbon y los somníferos. La lluvia, silenciosa, cae desde un cielo oscuro. No quiero seguir así. Cierro los ojos y algo me sorprende. Noto algo. Veo el brillo de una estrella. Al abrir los ojos la tormenta está arreciando pero una estrella titila en el cielo desafiando a las nubes, brillando por encima de los relámpagos. No sé si la veo o simplemente quiero ver su sonrisa en esa luz. Me sirvo una copa sin dejar de admirar su belleza y la apuro en tres tragos mientras el temporal amaina. Noto su aliento, sus caricias, sus susurros, su paz…

     Entro al cuarto de baño y veo en el espejo a alguien que está muy lejos de ser el hombre que ella quiso. Estoy seguro de que no le gustaría verme así. Respiro hondo y comienzo a afeitarme. Mañana tengo una reunión importante.

martes, 11 de julio de 2017

El primer café



     Lo recuerdo como si fuera ayer. Mi decisión de cambiar de trabajo había acarreado también un cambio de residencia que nunca antes me había planteado. Nueva ciudad y a empezar de cero, dejando lejos familia, amigos y otras cosas en las que prefería no pensar.

     El primer día en la nueva empresa estaba nervioso. Ni siquiera tenía muy claro donde estaban las oficinas ya que apuré el traslado al día de antes, así que decidí salir con tiempo de sobra. Después de tres cuartos de hora en transporte público, todavía me presenté ante el edificio acristalado que acogía la sede central casi una hora antes de lo necesario. Como apenas había desayunado, caminé por los alrededores buscando un bar en el que tomarme un café para hacer tiempo y acabar de activarme.

     Aposté por una pequeña cafetería acertando de pleno. Me recibió con un intenso olor a café mezclado con el de naranja y canela que emanaba de una gran variedad de bollería recién hecha. Sonaba muy suave una sucesión de canciones pop-rock español de los años noventa que me trasladó mentalmente a casa de mis padres, con mis hermanas mayores cantando temas de Mecano, Hombres G o Duncan Dhu a medida que sonaban en nuestro viejo radio-casette.

     Al levantar la mirada la vi. Era una chica aparentemente normal. Estatura media, delgada y con una melena morena que enmarcaba los dos ojos azules más bonitos que había visto en mi vida. Tartamudeé un poco al pedirle un café y la risita que soltó terminó de hacer el resto. Mientras jugaba con el papel del azucarillo pensé que sería genial que esa chica y su sonrisa me dieran el primer café de la mañana durante el resto de mi vida.

     Seguí visitando ese local durante mucho tiempo, ¡incluso los fines de semana cogía tren y dos líneas de metro para desayunar allí! Lo de que la chica me hiciera el primer café el resto de mis días se convirtió en algo imposible, pero esos dos trocitos de cielo me miran desde la almohada cada mañana, sonriendo, al verme entrar en nuestra habitación con dos cafés recién hechos. 

martes, 4 de julio de 2017

La chica de las sandalias azules



     Alex siempre había sido un chico impulsivo pero, hay que reconocer, que aquel día superó todo lo hecho hasta entonces.

     Eran las siete de la mañana cuando subió al tren que tenía que transportarle a Barcelona. Llevaba un tiempo trabajando en un estudio de arquitectura cerca de Paseo de Gracia, por lo que no tenía que hacer transbordos ni utilizar el metro. A pesar de estar bastante concurrido a esa hora, no le fue difícil encontrar donde acomodarse. Se sentó en uno de los asientos del fondo del vagón situado junto al pasillo, mirando en la misma dirección que el maquinista, bajó ligeramente el volumen del hip-hop que sonaba en sus auriculares y se dispuso a dormitar durante las siete estaciones que duraba el trayecto. Le encantaba esa sensación en la que el sueño te envuelve sin llegar a vencerte y aunque hay veces que incluso llegas a soñar, nunca dejas de ser consciente de lo que pasa a tu alrededor.

     Un súbito traqueteo le sacó de su estado de semi-inconsciencia y sin saber muy bien por qué, sus ojos se fijaron en unas sandalias azules que aparecían detrás de un asiento cuatro filas delante de la suya. Eran unas simples tiras de tela y cuero que rodeaban el tobillo de unas piernas que apenas apreciaba desde su posición. Tenía las uñas pintadas de rosa clarito y tres pequeñas mariposas tatuadas parecían elevarse por esa piel tostada por los primeros rayos de sol del verano. Dependiendo del movimiento del vagón, un par de mechones negros aparecían por el lateral del asiento, suficiente para la imaginación de Alex que enseguida empezó a divagar.

Sin duda, era la mujer de su vida. Se imaginó recorriendo esas piernas como una mariposa más. Acariciando sus caderas, su cintura. Le puso cara. Se vio mirando de frente esos labios de ensueño y esos ojos verdes que llevaba años buscando. Sin duda era ella, la mujer con la que discutiría y se reconciliaría, con la que tendría tres hijos, un perro y una pequeña casita en las afueras. Al lado de quien se haría mayor paseando de la mano a la orilla de la playa.

Una llamada le sacó de su trance cuando el tren entraba en Barcelona-Sants. Era un comercial de una compañía telefónica, así que despachó rápido a su interlocutor y se dispuso a seguir observando a su futura chica.

Ya no estaba. En el asiento que ocupaba hacía escasos segundo, se sentaba un señor de pelo blanco que se disponía a leer el diario. El tren comenzó a avanzar y por la ventanilla vio unas sandalias azules que se alejaban del anden ascendiendo por las escaleras mecánicas. Alex notó como se le aceleraba el corazón al levantarse bruscamente. Con un gesto veloz accionó el freno de emergencia y salió corriendo en busca de su destino.

domingo, 25 de junio de 2017

Escena del crimen



     La tormenta arreciaba complicando los accesos que llevaban a aquella casa de las afueras.

     El subinspector Cazorla observaba la escena del crimen con ojos expertos. La joven yacía en el suelo del salón sobre un enorme charco de sangre que hacía poco había dejado de brotar de su cuerpo inerte. Presentaba cortes en las manos, sin duda había intentado defenderse pero su esfuerzo no pudo contener la ira del agresor que se cebó con ella.

     Sandra apenas contaría con veinticinco años cuando la conoció. No tardó en darse cuenta de que era una chica especial y la enorme tensión sexual que surgió entre ellos en seguida dio paso a un tórrido romance. Su novio pasaba largas temporadas fuera de casa y cuando se encontraba en la ciudad, prefería pasar tiempo con sus amigos que disfrutar de la compañía de su pareja. El subinspector, recién salido de una dura ruptura, encontró en sus brazos todo lo que necesitaba para seguir adelante.

     Pasó por el resto de estancias para revisar toda la casa. La habitación, en las que tantas noches se había dejado llevar por la pasión, estaba desordenada, como siempre. La cama sin hacer y ropa por todas partes, pero nada fuera de lo normal dentro de la desorganización habitual que imperaba en la vida de Sandra. El cuarto de baño, lleno de botes abiertos, se notaba que había sido limpiado hacía poco. Nada llamaba la atención salvo un predictor teñido de rosa que descansaba en el lavamanos.

     Recordaba perfectamente la conversación que habían tenido el día anterior. Le dijo que estaba embarazada y que tenían que poner fin a su relación. Según ella, ese niño le daría la estabilidad que necesitaba. Su novio, ilusionado, ya había hablado en su empresa para que le limitasen los viajes de trabajo para poder pasar más tiempo con su familia y dedicarles todas las atenciones que se merecían. Estaba seria, pero se le notaba convencida de lo que decía y feliz por el giro que había dado su vida.

     Volvió a observar la estancia en la que se había cometido el asesinato buscando alguna pista que pudiera señalar al autor del crimen y tan solo vio el cuchillo que continuaba clavado en el pecho de la chica. Lo cogió y se dispuso a caminar bajo la tormenta el centenar de metros que le separaban de su casa. Nadie vería como la lluvia limpiaba sus manos ensangrentadas…

martes, 20 de junio de 2017

Noche de feria



     Era una calurosa noche de fiestas del mes de agosto. El estruendo de algún petardo esporádico retumbaba por encima del regueton que sonaba animando a una conducción agresiva en los autos de choque. El olor a caramelo daba paso al de carne asada o pescaito frito, dependiendo de la parte de la feria que visitaras. Los churros harían acto de presencia a medida que el alba estuviera más cerca.

     La niña contaría con apenas cuatro años y vestía el traje típico de flamenca. Desde que habían llegado no había parado de mover los volantes y coger el bajo del vestido para taconear, con esa gracia innata, y enseñar orgullosa los zapatos de niña grande que le permitían hacer aquel ruido. No iba disfrazada, ese era el comentario que solía hacer la gente de ciudad y que tanto dolía a los lugareños, iba vestida para la ocasión. La gente no paraba de mirar a esa pequeña, que sin apenas saber hablar, bailaba como si llevase años sobre los escenarios.

Sonreía de oreja a oreja. Mientras con la mano derecha sujetaba un globo con forma de elefante que su tío le había regalado, usaba la izquierda para dar  cuenta de una enorme nube de algodón de azúcar que amenazaba con pegarse a su cabello. Su madre no paraba de advertirle que tuviera cuidado, que si se le enganchaba el algodón al pelo tendrían que cortar para quitárselo, pero a pesar de las advertencias ella seguía correteando con sus primos.

     De repente, tropezó. El algodón cayó al suelo, pero lo que fue todavía peor es que el globo comenzó a elevarse a volar cada vez más alto. Al momento de soltarlo su padre ya lo dio por perdido, pero ella no podía dejar de mirar entre llantos como aquel pequeño elefante rosa se elevaba hacia el cielo y se alejaba de ella cada vez más.

     Dos horas más tarde, ya de vuelta a casa, la pequeña seguía gimoteando y mirando hacia el cielo. Las lágrimas habían esparcido por toda su cara el suave maquillaje con el que su madre le había adornado los ojos al principio de la noche.

     Todavía contrariada, espetó a sus padres antes de entrar en casa:

        - No lo entiendo. ¿Cómo puede llegar tan alto un elefante? ¡Si no saben volar!