martes, 1 de agosto de 2017

18 PALABRAS Y UNA CANCION




Desde la página de Facebook de "Bajo mi embarcadero" solicité ayuda para escribir un relato. Pedí palabras y terminé recogiendo 18. La idea era elegir tres al azar para escribir la historia, pero una vez puesto... Aquí os lo dejo, al final las dieciocho han tenido sitio. Espero que os guste.


Desperté todavía acelerado. Hacía tan solo un momento estaba teniendo sexo con una divinidad de melena azabache y profundos ojos azules pero, al despertar del sueño, solo se podía ver el color del lapislázuli en las cortinas que a duras penas contenían la luz del sol.


Comenzaré por presentarme.


Me llamo Antonio, Toni para los amigos. Soy un chico de treinta y pocos, bastante extrovertido y según dicen algunos, un poco cabezón. Yo no creo que eso sea cierto. Sí que es verdad que me gustan las cosas ordenadas y tengo ciertas “rutinas” que no me gusta romper. Me gusta dormirme con las ventanas abiertas, mirando las estrellas, y despertarme con la luz del sol. Me gusta vestirme con calma, comenzando por los pantalones después de una ducha rápida; y desayunar queso curado y membrillo bañándolo con una copita de rioja. Sé que no debería, por la medicación de un problemilla crónico que me impide trabajar, pero una copa de vino al día es saludable, ¿no?


Me encanta pasear un rato por el parque cada mañana. Preparo una pequeña mochila con una botella de agua, un chubasquero, un libro y un par de chocolatinas (hay que estar preparado para posibles contingencias) y tras comprobar que todas las ventanas de la casa están cerradas, doy dos vueltas a la llave de la puerta y salgo a la calle.
 

Lo mejor del otoño es el cambio de temperaturas y la variedad de colores que cubre el parque. Caminar entre hojas secas mientras caen las primeras gotas de lluvia y el petricor lo inunda todo. Ese aroma a tierra recién mojada entre los árboles siempre me produjo una sensación de infinita tranquilidad. Suelo avanzar sin prisa, respirando hondo y disfrutando de la libertad que la naturaleza me provoca.


Aquella mañana en particular, salí del parque para buscar una tienda de instrumentos musicales que se encontraba en una callejuela (no tenía muy claro cuál) del casco antiguo. Quería comprarme una armónica nueva. Me gusta tocar la armónica, pero no sé por qué razón, a los pocos meses de tenerlas se desafinan. Me despisté en algún momento y una serendipia me llevó hasta la plaza. Las notas de alguien que rasgaba una guitarra rompieron el silencio inicial. Poco a poco el ruido se transformó en ritmo y el ritmo en música. 


Le reconocí a pesar de su disfraz de vagabundo. Sentado en el borde de la fuente hacía sonar los primeros acordes de una antigua balada. Vestía camisa de franela a cuadros, un par de llamativos zapatos azules y unos pantalones de pana tan gastados como la funda de la guitarra que había a sus pies. En ella que reposaban las pocas monedas que su público le entregaba como reconocimiento a su buen hacer. A su lado, una botella de cerveza a medio beber (con el paso de los días aprecié que la alternaba con cartones de vino) y un perro con mirada triste que miraba cansado a su alrededor. Su voz me transportó a esos lugares que solo había visto en televisión y que tantas veces soñé que visitaba.


Me acostumbré a terminar allí cada día mi paseo matutino. Le escuchaba un rato y le hacía un guiño al depositar un par de monedas en la funda. El asentía como dándome las gracias, pero sin duda alguna, sabía que le había reconocido. Nunca hablé con él. De repente, un martes por la mañana, junto a la fuente solo encontré un perro con la mirada triste. El miércoles tampoco acudió. El jueves pregunté a algunos comerciantes, pero ninguno sabía nada.

 


Tan solo yo sé lo que realmente sucedió. Estoy seguro de que un precioso unicornio alado vino a buscar a Elvis y montando a su grupa se perdieron en la inescrutable oscuridad de la noche camino a ese lugar en el que los dos tendrían una vida más feliz. Mientras se alejaban, él hacía sonar los acordes de “Love me tender” en su vieja guitarra a modo de despedida.



lunes, 24 de julio de 2017

HOJA EN BLANCO




     “Siempre tomo el metro en la estación de Baywater…” 


Miraba la frase hipnotizado, con la mente más en blanco que el resto de la hoja. Llevaba así meses. Escribía, leía, rompía y volvía a empezar. No lograba ningún inicio que le convenciera. Tenía clara la primera frase y las directrices que marcarían el devenir de la historia, pero cuando se sentaba a intentar plasmarla en el papel todo parecía perder sentido. Tenía claro incluso que su tercera novela transcurriría íntegramente en Londres.


Se mudó allí. Alquiló una pequeña casa en un barrio residencial a las afueras. Una casa estrecha, con dos plantas muy sencillas, pero con un patio interior que le conquistó desde el primer momento. Un pequeño porche presidido por una mesa y dos sillas de teca daban paso a un pequeño jardín en el que un par de rosales y una dama de noche ocupaban el espacio sin llegar a saturarlo. Entre los guijarros más cercanos a la casa, crecían unas enredaderas que trepaban por las columnas de madera dando una enorme sensación de frescor al porche. En cuanto la vio decidió que allí sería donde le daría forma. De día visitaría la ciudad, leería, haría algo de deporte y algún ejercicio de escritura de esos que tanto activaban su mente. De noche saldría al pequeño porche con una copa de vino, encendería dos velas y daría rienda suelta a su imaginación vomitando su gran historia sobre una infinidad de cuartillas.


Esa día había seguido su rutina y allí estaba, sentado con su copa de vino frente a esa maldita hoja en la que dos horas después solo se podía leer la misma frase. Vació el resto de la botella en la copa y miró el cielo. Se le pasó por la cabeza salir a pasear para aclarar sus ideas, aunque el cansancio y los efectos del alcohol le recomendaban quedarse en casa. 


     La niebla empezaba a hacer acto de presencia. Durante todo el día el cielo había estado tapado y no había dejado de caer esa fina lluvia a la que los extranjeros solían ignorar pero que terminaba por dejarlos hechos una sopa. Hacía un rato que notaba una sensación extraña, sin tener claro por qué, se sentía observado desde que cruzó el puente de Westminster. Había decidido atravesar los parques para llegar a coger el metro en la estación de Baywater. Aunque no era el camino más corto le apetecía caminar, pero a medida que dejaba atrás St. James y Green Park y se adentraba en Hyde Park, la sensación de desasosiego iba en aumento.


     Miró hacia atrás pero no vio a nadie. La niebla era cada vez más densa y aunque las farolas estaban encendidas hacía un buen rato, su luz dejaba muchas zonas con esa opacidad que impedía saber que había más allá. Aceleró el ritmo mientras maldecía no haber cogido el metro antes a sabiendas que en ese estado no podría admirar la belleza del parque. Al cruzar el puente sobre la larga laguna, algo le empujó contra la barandilla.


-                      - Ya es tarde, demasiado tarde…


     Escuchó la voz de su editor mientras la afilada hoja de una daga entraba por su espalda antes de que lo lanzase hacia la oscuridad.



     Despertó sobresaltado al notar el frío contacto con el agua. Gotas de sudor perlaban su frente y el corazón le iba a mil pero a su alrededor seguía reinando la calma. La vela le indicaba que no había permanecido dormido durante mucho tiempo. Miró el papel, cogió el bolígrafo y se dejó llevar.

martes, 18 de julio de 2017

LA ESTRELLA




     Arrastro los pies por el césped mojado. No tengo muy claro hacia dónde voy, pero qué más da, tampoco me importa. La lluvia que hace rato me empapó la sudadera sigue cayendo sobre mí mojándome el pelo, resbalando por la descuidada barba que cubre mi cara. No me preocupa. Nada me preocupa ya. El olor a hierba mojada que en otro tiempo me llenaba de vida, tan solo me produce arcadas. Piso los charcos y los dejo atrás. No los esquivo, tan solo los ignoro. Lejos quedaron aquellos paseos nocturnos cogidos de la mano. Las noches en que sus ojos iluminaban la tormenta y su risa se escuchaba por encima de los truenos. Ya no habrá más saltos en los enormes charcos de Central Park ni más carreras para alcanzarla y robarle un beso en los días de luna llena. Ya no está.

     Entro en el edificio de apartamentos con la cabeza baja y me dirijo al ascensor sin contestar al saludo del conserje. Pulso el botón del ático. Gotas de lluvia que caen de mil partes de mi cuerpo mojan el suelo del elevador mientras a mi boca sigue llegando un sabor salado, amargo, mezcla de culpabilidad, arrepentimiento y lágrimas descontroladas que no dejan de brotar de lo más profundo de mi alma.

     Abro la puerta. Dispersos por el salón se pueden ver los bocetos que hace prácticamente un mes están preparados para la reunión de mañana. No tiene sentido. Mi futuro en la publicidad depende de esa reunión, ¿pero para qué? Desde que ella no está el futuro no tiene sentido. El presente no tiene sentido. La vida…

     Recuerdo perfectamente el momento en que se fue. Después de estar toda la noche juntos discutimos por un día de vacaciones. Algo tan banal como pasar un día de vacaciones en casa de sus padres. Recuerdo perfectamente el portazo al salir. Tenía que haberlo evitado. Estaba cansada y demasiado nerviosa para conducir. Tenía que haberle abrazado y reorganizar las vacaciones, pero no lo hice. El accidente fue culpa mía.

     Sobre la mesa de la terraza siguen estando la botella de bourbon y los somníferos. La lluvia, silenciosa, cae desde un cielo oscuro. No quiero seguir así. Cierro los ojos y algo me sorprende. Noto algo. Veo el brillo de una estrella. Al abrir los ojos la tormenta está arreciando pero una estrella titila en el cielo desafiando a las nubes, brillando por encima de los relámpagos. No sé si la veo o simplemente quiero ver su sonrisa en esa luz. Me sirvo una copa sin dejar de admirar su belleza y la apuro en tres tragos mientras el temporal amaina. Noto su aliento, sus caricias, sus susurros, su paz…

     Entro al cuarto de baño y veo en el espejo a alguien que está muy lejos de ser el hombre que ella quiso. Estoy seguro de que no le gustaría verme así. Respiro hondo y comienzo a afeitarme. Mañana tengo una reunión importante.

martes, 11 de julio de 2017

El primer café



     Lo recuerdo como si fuera ayer. Mi decisión de cambiar de trabajo había acarreado también un cambio de residencia que nunca antes me había planteado. Nueva ciudad y a empezar de cero, dejando lejos familia, amigos y otras cosas en las que prefería no pensar.

     El primer día en la nueva empresa estaba nervioso. Ni siquiera tenía muy claro donde estaban las oficinas ya que apuré el traslado al día de antes, así que decidí salir con tiempo de sobra. Después de tres cuartos de hora en transporte público, todavía me presenté ante el edificio acristalado que acogía la sede central casi una hora antes de lo necesario. Como apenas había desayunado, caminé por los alrededores buscando un bar en el que tomarme un café para hacer tiempo y acabar de activarme.

     Aposté por una pequeña cafetería acertando de pleno. Me recibió con un intenso olor a café mezclado con el de naranja y canela que emanaba de una gran variedad de bollería recién hecha. Sonaba muy suave una sucesión de canciones pop-rock español de los años noventa que me trasladó mentalmente a casa de mis padres, con mis hermanas mayores cantando temas de Mecano, Hombres G o Duncan Dhu a medida que sonaban en nuestro viejo radio-casette.

     Al levantar la mirada la vi. Era una chica aparentemente normal. Estatura media, delgada y con una melena morena que enmarcaba los dos ojos azules más bonitos que había visto en mi vida. Tartamudeé un poco al pedirle un café y la risita que soltó terminó de hacer el resto. Mientras jugaba con el papel del azucarillo pensé que sería genial que esa chica y su sonrisa me dieran el primer café de la mañana durante el resto de mi vida.

     Seguí visitando ese local durante mucho tiempo, ¡incluso los fines de semana cogía tren y dos líneas de metro para desayunar allí! Lo de que la chica me hiciera el primer café el resto de mis días se convirtió en algo imposible, pero esos dos trocitos de cielo me miran desde la almohada cada mañana, sonriendo, al verme entrar en nuestra habitación con dos cafés recién hechos.