jueves, 22 de febrero de 2018

TUS LETRAS





     Dejo el correo sobre el escritorio y me sirvo una copa de vino tinto mientras disfruto del momento de tranquilidad. El Otoño tiñe de tonos ocres las laderas que hay al otro lado de la ventana y muestra un mar grisáceo con betas blancas donde el acantilado delimita la arboleda. Ella me mira desde un dibujo en blanco y negro, sonriendo, como siempre la recordaré.



 

     Un brillo especial iluminaba su cara el día que me dio a leer su primer relato. Hasta entonces no tenía la menor idea de que le gustase escribir y, para ser sinceros, el resultado me impactó. Le animé a seguir. Trataba las historias con un lenguaje muy sencillo pero que lograba involucrarme hasta que, cuando estaba llegando a su fin, la trama daba un giro sorprendente y me dejaba con la boca abierta. Fueron días felices. Me recordaba leyendo en la pequeña terraza mientras ella tecleaba una y otra vez con su vieja Olivetti. Nunca le gustaron los ordenadores para escribir. Lápiz o bolígrafo, pero siempre que podía, utilizaba ese escandaloso artilugio al que le faltaba la coma y que se atrancaba una y otra vez. Cuando terminaba de teclear, cogía un rotulador rojo, se sentaba junto a mí y repasabamos el relato corrigiendo los posibles errores y colocando las comas que la máquina no era capaz de marcar.




     Sus escritos eran mejores a medida que ganaba experiencia, pero la docencia que nos unió era su vida y jamás se planteó abandonar a sus pequeños para dedicarse exclusivamente a la literatura. Escribía para ella y para mí, porque le hacía feliz mi rostro al leer como me disfrazaba en sus relatos de manera que solo yo podría entender la verdad de la historia.








     Todo se perdió aquella maldita tarde de otoño. Su marcha supuso el fin de mi mundo. Desde entonces tan solo sobrevivo entre obligaciones y recuerdos sin encontrar sentido a lo que hago. Había hecho ese trayecto miles de veces. La carretera que separaba nuestra casa del núcleo urbano estaba repleta de curvas que ella conocía a la perfección pero, por alguna razón, su coche terminó sumergido en las aguas del Mediterráneo con ella dentro. No se sabe si se durmió al volante o realizó algún giro brusco para evitar golpear a uno de los jabalís que tanto abundan en la zona. De una forma o de otra, su vida terminó un atardecer en los mismos acantilados que tanto le habían inspirado.





     Me hundí con ella. Pasé de la incomprensión a una rabia incontrolable que dio con sus escritos ardiendo en la chimenea mientras agarrando una botella lloraba sin consuelo posible. Malgasté semanas maldiciéndome desolado, incapaz de abrir una persiana, deseando que esa luz que tantas veces nos había bañado se apagara para siempre sin volver a tocar mi piel. Una llamada de mis sobrinos me devolvió a la realidad. Ella no querría verme así. Redecoré el despacho con dibujos y fotos nuestras y condené a la vieja máquina al exilio del desván sustituyéndola por un moderno ordenador hace justo ocho años.




     Doy un sorbo a la copa mientras saco tres cuartillas de un sobre sin remitente que había entre las cartas del banco. Coloco el sobre junto a los otros siete y me dispongo a leer los párrafos mecanografiados con las comas marcadas en rojo que desde entonces recibo cada uno de Noviembre.

miércoles, 14 de febrero de 2018

EL CHICO DEL LIBRO



     A veces reflexiono sobre cómo ha cambiado mi vida y no veo sentido a nada de lo sucedido. No es que no me guste el cambio, lo que pasa es que sin comerlo ni beberlo, me he visto sumergido en una interminable espiral de aventuras que jamás habría sido capaz de imaginar.



     Mi existencia nunca había sido nada del otro mundo. Yo era un personaje discreto, introvertido y temeroso, de esos que suelen permanecer en un segundo plano pero que siempre están presentes. Una rata de laboratorio que prefería encerrarse a leer antes que salir al exterior a hacer deporte. No sé en qué momento mi existencia se convirtió en esta vorágine de viajes, sobresaltos y situaciones incontrolables. Bueno, para ser sincero, sí que lo sé.


    
     Era una fría tarde de diciembre. En la calle, copos de nieve caían lentamente formando un suave manto sobre el césped que rodeaba la biblioteca en la que trabajaba. Ella entró con paso decidido hasta mi posición asomando su mirada entre una sonrisa embriagadora y un gorro de lana multicolor del que escapaba un mechón oscuro. Me preguntó por un libro que no teníamos en nuestra base de datos y marchó un poco decepcionada.



Al día siguiente, me la encontré en la pequeña cafetería en la que solía desayunar. Le pregunté por el libro y me explicó una extraña historia de brujas y tesoros ocultos antes de mirarme con esos enormes ojos verdes y pedirme ayuda para encontrarlo. No supe, no pude o no quise decirle que no, el caso es que poco después me sorprendí recorriendo el mundo a su lado intentado localizar un libro maldito, o como muchas veces terminé por referirme a él, ese maldito libro.



     Me vi envuelto en peleas, navegando en barcos piratas y alcanzando algunas de las cimas más altas que podáis imaginar. Desde la selva más frondosa al desierto más árido hemos viajado siguiendo pistas que cada vez nos acercan más a nuestro objetivo.



     Poco queda ya del muchacho tímido, enclenque y cobarde que era al comenzar todo esto. Nuestras aventuras me han ido transformando de forma paulatina en alguien valiente pero astuto, más fuerte de lo que nunca había pensado que podría ser. Ahora tengo confianza en mí mismo, suficiente para besarla apasionadamente sin miedo a que una bofetada estalle contra mi rostro. Si ese loco del bolígrafo que me dio vida decide que ese podría ser un buen final para el libro en el que habito, lo haré encantado.



domingo, 11 de febrero de 2018

PERFECT III


Os dejo los enlaces para las dos partes previas. Espero que os guste el final (la canción seguro que sí).

PRIMERA PARTE (EL)

SEGUNDA PARTE (ELLA)

















PERFECT III




     Y todo cambia. Las veces que nos había imaginado bailando pegados en la oscuridad, los cientos de líneas de mi diario en las que soñaba con la llegada de este momento, no se acercaban ni de lejos a la sensación que me provoca su proximidad.




     Ya no nos rodea nadie. No hay luces, ni bar, ni tormenta; solo música y nosotros flotando un palmo por encima de ese suelo al que nos negamos a regresar. Mis brazos rodeando su cuerpo y los suyos alrededor del mío. Los latidos de dos corazones desbocados acompasándose poco a poco hasta parecer solo uno.




     Noto su respiración pegada a mi cuello, hundo mi nariz en el suyo para poder respirar su piel. Veo alegría en sus ojos, noto el calor de sus labios. Se detiene el mundo cuando me susurra al oído: You look perfect tonight.
 

martes, 6 de febrero de 2018

PERFECT II


Os dejo el enlace de la primera parte por si no lo habéis leído o quereis volver a hacerlo:



http://dsr77.blogspot.com.es/2018/01/perfect.html






PERFECT II


     A través de las vidrieras puedo comprobar que fuera del bar musical la tormenta no afloja. ¡Es lo que tiene la primavera! No tengo claro si me embriaga más la música ochentera o las cervezas que tomé durante la cena, pero no paro de reír y bailar; me siento bien. Esta noche no tenía muchas ganas de salir, pero cuando me dijeron de pasar un rato por aquí, la posibilidad de verle, aunque fuese de lejos, me hizo cambiar de opinión.




     Y ahí está, guapísimo, como siempre. Lleva ese jersey a rayas que tan bien le queda y esa barba cortita que me muero por acariciar. Está perfecto esta noche. Intento evitar mirarle porque sé que notará que mis ojos brillan cuando se cruzan con los suyos y me pondré colorada. No puedo dejar de sonreír cuando noto que me observa desde la esquina de la barra, con esos ojitos en los que quiero leer tanto sin llegar a estar segura de lo que me dicen. Aprovecho que los cierra después de beberse un tequila para mirarlo sin disimulo.




     Ven, vámonos. Acompáñame a pasear bajo la lluvia hasta que encontremos un charco en el que meternos a bailar. Camina conmigo sobre la arena mojada y cómeme a besos. Hagamos que nuestros suspiros alejen las nubes y la luna nos ilumine hechos un ovillo a la orilla del mar. Quiero que me hagas ver las estrellas, que me subas al cielo y me devuelvas a la vida trayéndome a la cama un café y un beso. Quiero que mañana sea otro día, pero que esta noche, sea nuestra noche.



     De repente abre los ojos y me sonrojo y no puedo evitar sonrojarme porque creo que me sonríe. Me giro y sigo bailando, pronto se marchará. Mis amigas se ríen al verme. Llevan mucho tiempo intentando que dé el primer paso, pero me cuesta horrores. Silvia se acerca a decirme algo al oído y sin venir a cuento me empuja. Tropiezo y cuando estoy a punto de caer noto que alguien me rodea con sus brazos. Reconozco su jersey. Por primera vez noto su aroma.  La canción que estaba sonando termina y empieza a escucharse una muy distinta…


martes, 30 de enero de 2018

PERFECT




     A través de las vidrieras puedo comprobar que fuera del bar musical la tormenta no afloja. ¡Es lo que tiene la primavera! No hace demasiado frío, pero las gotas que el viento estrella contra el cristal resbalan acariciándolo hasta llegar al suelo. Así me siento cuando la veo, como una gota a la deriva que se precipita hacia el vacío sin poder hacer nada para remediarlo. Tal vez sea la escasa luz, tal vez la copa de más que llevo encima o tal vez mi vista no me engañe y realmente este perfecta esta noche. No llama la atención. Es una chica discreta que viste tejanos, botas de tacón bajo y camiseta azul celeste, pero cuando veo su sonrisa, me resulta imposible apartar la mirada. Apenas hemos hablado un par de veces. Creo que me saluda sin tener muy claro si me conoce o simplemente lo hace por costumbre, por verme cada fin de semana en su local favorito disfrutando del ambiente como ella hace.




     Un amigo me pasa un chupito de tequila. Me pongo sal en el dorso de la mano y cojo un trozo de limón. Oigo su risa. Es imposible. La música está alta, pero me parece oír como ríe por encima del regeatton, por encima de la tormenta. Chupo, bebo, muerdo y cierro los ojos…




     -Sé que te puede parecer una locura, pero si pudiera, esta noche sería realmente especial. Vámonos. Salgamos y paseemos hasta la playa bajo la lluvia. Quiero que hagamos el amor en la arena mientras el cielo entero se precipita sobre nosotros. Que los relámpagos iluminen cada gota que se deslice por tu cuerpo desnudo. Quiero que los truenos silencien nuestros gemidos o que nuestros gritos venzan su estruendo. Llegar a mi casa empapados y dejar un rastro de ropa húmeda desde el recibidor al baño. Comenzar a empañar la mampara antes que el vapor del agua caliente termine de hacerlo mientras nos desgastamos a besos. Acariciarte y que me acaricies; usarnos de esponjas y caminar hasta la cama metidos en el mismo albornoz. Quiero que veas el cielo estrellado en el techo de mi habitación. Relajados. Sintiendo la tormenta al otro lado de la ventana mientras una paz difícil de medir se apodera de nosotros. Tu cabeza sobre mí. Tu melena alborotada dibujándose sobre mi pecho. Quiero que nuestras respiraciones marquen el mismo ritmo y nos durmamos escuchando un solo latido…





     Abro los ojos y, por un breve instante, se cruzan con los tuyos. Me parece reconocer un brillo distinto en tu mirada al sonreír, pero te giras y sigues bailando. Me pasan otro tequila. Parece que fuera la tormenta amaina. Es un buen momento para volver a casa.


martes, 23 de enero de 2018

LA TIA CHUMINA



                Bajo del coche después de conducir durante siete horas y me estiro justo delante de la casa que fue de mis abuelos. Nada ha cambiado. La puerta azul con desconchones y ese zócalo gris granulado que se extiende bajo las ventanas como siempre recordé. Todavía no ha anochecido y el sol se empeña en seguir haciendo que brille ese escalón de mármol en el que el abuelo se sentaba a contarnos historias cuando éramos críos.




                -Nadie recordaba cuando había llegado al pueblo, de hecho, nadie recordaba el pueblo sin ella. Ni siquiera los más viejos del lugar se atrevían a aventurarse con su edad, parecía que toda la vida había sido una anciana. Su apariencia era la típica de abuelita de pueblo en la postguerra: riguroso negro, siempre con una falda hasta los tobillos y mandil gris atado a la cintura. Un pañuelo de la misma tela del mandil cubría su pelo blanco azulado. Era de piel oscura, se notaba curtida por el Sol y el aire durante largos años invertidos en trabajar la tierra.




     Vivía en el cortijo que ya conocéis, esa que hay a las afueras del pueblo si caminas río arriba. Normalmente, se le veía trabajando el huerto que tenía enfrente de su casa o cuidando los animales que tenía en el corral que había en la parte más cercana al río.




     Bajaba poco al pueblo. Solo se le veía por allí los días de mercado, siempre acompañada de un gran perro negro, para comprar los artículos de los que no se podía autoabastecer. No hablaba con nadie. Paraba siempre en los mismos puestos y compraba las mismas cosas.




     Decían que su buena salud se debía a la brujería. Había quien afirmaba que las noches de luna llena, una tía Chumina mucho más joven de lo que aparentaba de día, salía a pasear. La larga melena seguía siendo plateada y llegaba casi hasta la cintura de su cuerpo erguido, un cuerpo que no proyectaba sombra. A su lado, un gato negro ocupaba el lugar de su fiel sabueso y el silencio a su paso era digno de cualquier camposanto. Los animales callaban, el viento dejaba de silbar entre las ramas de los árboles e incluso el río, tan cantarín como es habitualmente, daba una tregua a su melodía por miedo a lo que le pudiera pasar.
 



     Una de esas noches, cuando volvía a casa, me sentí observado y vi su figura caminando en dirección contraria a la que yo estaba. No me miraba, pero estoy seguro de que me estaba viendo. Corrí como alma que lleva el diablo hasta llegar a casa y meterme debajo de la manta.




     -¿Y hace mucho que murió?- me atreví a preguntar con un hilillo de voz.




     Todos mirábamos a mi abuelo expectantes. Conocíamos perfectamente la casa, pero nunca nos habíamos preguntado por sus propietarios.




     -Pues igual que nadie sabe cuándo llegó, nadie advirtió cuando se fue. Cuando nos dimos cuenta que no bajaba al mercado y el huerto estaba descuidado, unos cuantos nos acercamos a su casa. Todo estaba ordenado pero no había ni rastro de la anciana ni de sus animales. Al salir, un enorme gato negro nos miró desde el otro lado del camino antes de adentrarse en el bosque.




     Yo no me lo creo, pero hay quien dice que las noches de luna llena, si subes por el camino del río, puedes cruzarte con una joven sin sombra que camina con un gato negro pegado a sus piernas.


Nota: Posiblemente, si la Tía Chumina existió, su historia tenga poco que ver con la que cuento; pero seguro que en la mayoría de pueblos hay historias similares de las que nunca sabremos si son ciertas o no...